Dos mujeres encontraron en el pole dance y las artes aéreas mucho más que una práctica deportiva: una forma de sanar, volver a empezar y reconciliarse con su cuerpo. En Bello, sus historias hablan de empoderamiento femenino, disciplina y propósito.
Hace algunos meses, EL BELLANITA les contó la historia de una práctica deportiva que comienza a emerger en Bello: el pole dance y las artes aéreas. Hoy regresamos por invitación de dos mujeres a quienes este movimiento les cambió la vida y les permitió reencontrarse con su cuerpo en uno de los momentos más decisivos de su historia personal.
Mabel Yurani Mora llegó a una clase de pole dance cuando levantarse de la cama ya era una batalla diaria. Atravesaba un duelo por separación y un proceso de rehabilitación por alcoholismo, y su terapeuta le había pedido algo tan simple como urgente: moverse. El cuerpo, que durante mucho tiempo fue carga, se convirtió en punto de apoyo. “El pole se volvió parte de mi terapia. Me enseñó a sostenerme, a veces apretando y sintiendo dolor, pero firme por el propósito”, cuenta.
En ese proceso, el tubo dejó de ser solo un reto físico y se convirtió en una metáfora de la vida. Cada caída, cada avance y cada logro implicaron una decisión consciente de hacerse cargo de sí misma. Mabel no solo fortaleció su cuerpo, también rompió prejuicios que había cargado durante años sobre la sensualidad, el rol de la mujer y la maternidad.

“Hoy soy inspiración para mi hija de 24 años que admira lo que hago. Sigo ejerciendo como profesional, creando como empresaria y dirigiendo como jefe”, afirma, convencida de que el movimiento también le devolvió su voz.
Artes aéreas: fuerza, cuerpo y comunidad
A ese mismo espacio llegó, por caminos distintos, Keissy Ximena Restrepo Garcés, de 28 años. En su caso, las artes aéreas fueron una búsqueda constante: por salud mental, por bienestar físico y por conexión consigo misma. Entrenó pole, se alejó un tiempo y regresó para descubrir otros elementos como las telas y la lira. “Cuando practico artes aéreas siento que soy yo misma, como si estuviera haciendo algo para lo que nací”, relata.

Con el tiempo, Keissy entendió que el entrenamiento no se trata solo de estética o destreza, sino de un proceso integral. Aprendió a manejar la frustración, a respetar sus propios ritmos y a dejar de compararse. “Una se da cuenta de que no hay un solo tipo de cuerpo ni una sola forma de hacerlo bien”, explica. En las artes aéreas descubrió que la fuerza no aparece de un día para otro: se construye con constancia, paciencia y autocompasión.
Mientras muchas personas bajan el ritmo en diciembre, Mabel y Keissy continúan entrenando. No por rutina ni exigencia deportiva, sino porque en el movimiento encontraron algo que les permitió apartarse de lo que les hacía daño y volver a empezar desde el cuerpo. En un mes de cierres, balances y propósitos, ambas coinciden en una decisión: no soltar aquello que les devolvió el equilibrio.
“La mujer que llegó a Power Dance estaba llena de miedo e inseguridades, de ‘no soy capaz’. Era una mujer atravesada por la frustración, el cansancio y el dolor; desconectada de la vida, viviendo en piloto automático.
La mujer que soy hoy abraza con fuerza a la mujer que fui. Me reconecté con mi poder femenino, con un espacio donde me siento abrazada y sostenida, donde puedo tejer relaciones de valor”, concluye Mabel.
Por su parte, Keissy habla con total certeza e invita a quienes alguna vez han sentido curiosidad por este u otro deporte, pero no se han atrevido por prejuicios, miedo, la edad, el peso o por pensar que “nunca han practicado deporte”.
“Que se atrevan y den el primer paso, porque cuando uno lo da, se da cuenta de que sí es posible”, afirma.
Las historias de Mabel y Keissy se cruzan en Power Dance, pero hablan de algo más amplio: mujeres que encontraron en el movimiento una forma de empoderarse, reconectarse consigo mismas y tejer comunidad. “El objetivo es que cada persona se reconecte con su fuerza, su confianza y su voz”, resume su fundadora, Manuela Giraldo. Desde el pole hasta la lira y las telas, este espacio se ha convertido en un lugar donde sostenerse también es una decisión y donde, a veces, basta con dar el primer paso para volver a reconocerse a sí mismas.










